Por Patricia San Juan

Con cuatro años en el gobierno, el caso Ayotzinapa dejó de estar en el centro del discurso gubernamental, para la presidencia parece que la revelación del reciente informe sobre lo ocurrido es suficiente, sin considerar que lo esencial es la justicia, el acceso a la verdad, la no repetición y la reparación del daño a los familiares.

Ahora no cabe duda que son los militares los que perpetraron violaciones contra los derechos humanos de los estudiantes, quienes además claman, a través de sus abogados, que no se politice un tema que no sólo es político por sí mismo, sino que incumbe a toda la sociedad y no sólo a un juzgado.

Así es como en el debate nacional se vuelve a poner en el centro la posición de las fuerzas armadas, vemos a diputados, senadores y al mismo presidente aclarar que son aliados, mientras les retiran las órdenes de aprehensión en su contra y con ello la posibilidad de acceder a la verdad del caso.

El crimen de Estado, apenas declarado por el gobierno en voz del subsecretario Alejandro Encinas, lo era desde hace ocho años, desde que los padres, madres y hermanos de los estudiantes lo remarcaron, desde que los normalistas de todo el país lo gritaron en las calles y plazas públicas.

Al ignorar las conclusiones de la Unidad Especial de Investigación y Litigación para el Caso Ayotzinapa de la Fiscalía General de la República y de Omar Gómez Trejo se compromete de nuevo la investigación, la posibilidad de acceder a la verdad y de llevar a los responsables a las instancias correspondientes.

Si esto ocurre con los estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos ¿qué le espera a las víctimas de violaciones graves de derechos humanos que son menos conocidas en el país? Porque si en este caso reina aún la impunidad, pues no hay sentenciados, en el resto de las historias ni siquiera avanzan las investigaciones, mucho menos sin la cobertura de medios nacionales e internacionales.

El debate nacional se ve cercado alrededor de la militarización, el partido de la izquierda en México terminó apoyando su permanencia fuera de los cuarteles, mientras que aquellos que parecían sus aliados naturales en las cámaras se oponen de forma rotunda, en el país que aparentemente se encuentra al revés.

Así vemos cómo se pierden entre la neblina las posiciones lógicas de algunos o el trabajo fuerte y honesto de personas como Omar Gómez Trejo, que llevaba al puesto una fidelidad con las víctimas, en sus diferentes cargos.

Hoy estamos en una realidad distinta, una que nos pregunta (no consulta) qué queremos hacer con la seguridad pública, que de acuerdo con los estándares internacionales y la experiencia histórica nos indica que debería ser pública y civil, en lugar de tomar a los tribunales de derechos humanos como referencias seguras y necesarias.

A más de la mitad del sexenio estamos en un laberinto de preguntas en las que parece que cada mañanera o cada aniversario nos presentarán otra contradicción casi imposible, increíble, que deja a algunos con más sinsabores.

Así vamos, en un México confuso, con un panorama poco claro, pero  que al final parece el mismo, el que la historia nos ha marcado.

Para el colofón:

Las despedidas ocurren en momentos así de confusos, entre muecas de dolor y casi desapercibidas, porque el ritmo sigue, de vida, de trabajo, así me voy de este espacio en ONEA, que agradezco por darme la oportunidad de poder escribir mis ideas y opiniones, ponerlas sobre la mesa, así como las notas, reportajes y otros contenidos.

A quienes han leído le agradezco por tomarse el tiempo, por poner sus propias opiniones, por acompañar estos dos años. Seguiremos, en otros lugares y caminos, observándonos desde el catalejo.