Por Patricia San Juan

Entre celebraciones y decepciones, el continente americano observa el cambio en las legislaciones sobre el aborto. Los pañuelos verdes se amarran a los cuellos, las bolsas y mochilas de cientos de mujeres que han impulsado una política no sólo en favor del derecho a decidir sobre el cuerpo, sino tener las herramientas para lograrlo.

Estados Unidos se encuentra en un tenso debate entorno al tema, mientras que la Corte Suprema se plantea discutir, de nuevo, la resolución de la sentencia Roe vs. Wade de 1973, con la que es posible acceder al aborto a nivel nacional, con sus cláusulas por estados, como ocurre en una República Federal, como la mexicana.

Las calles de Washington DC se llenan de protestas a favor y en contra de este procedimiento, con argumentos que nadan entre los derechos humanos, reproductivos y el respeto a dios, libros sagrados o ideas sobre el inicio de la vida en el vientre.

La lucha contra el aborto se convirtió en parte del discurso conservador del país, que con los años ha intentado fortalecer sus alianzas con miras a eliminarlo por completo de las posibilidades de sus ciudadanas, ya no es suficiente viajar cientos de kilómetros para practicarse este procedimiento, como ocurre en los estados sureños como Texas. Y es también parte de la oratoria de conservadores del continente.

Mientras tanto la ola latinoamericana ha tomado un impulso importante con las luchas sociales de la región. Las ciudadanas argentinas pusieron el pañuelo verde en el imaginario colectivo y desde entonces las comunidades lo han ocupado como un referente, que no permite el cansancio de sus activistas, como ocurre también en Colombia, donde se despenalizó, Chile, que contempla agregarlo a su constitución o la lucha que se hace en El Salvador para no tener más mujeres en la cárcel por estos procedimientos.

En México, donde solamente en la capital este procedimiento era no sólo posible sino que gratuito hasta las 12 semanas desde 2007, las activistas han puesto en la agenda de legisladores este debate en los últimos tres años, así es como en Oaxaca, Hidalgo, Veracruz, Baja California, Colima, Sinaloa y Guerrero se ha despenalizado, el 25 por ciento de los estados en la nación.

Este movimiento, que pareciera enfrentarse a una marea de fuerte impulso, aún tiene un largo camino y tal vez por ello cada que alguna nación o estado lo logra aprobar parece una fiesta colectiva, se aborda más el tema en otros espacios, se dice, sin atajos, frases como “sin útero no hay opinión” o “fuera los rosarios de nuestros ovarios”, en sociedades que no sólo son machistas, también extremadamente católicas.

Mientras la agenda de los temas de género no se agota, las desapariciones se han puesto en el centro del debate nacional, seguido de los feminicidios que aún se reportan cada día y que muchas veces no llegan ni a los impresos de los medios, pero sí a las redes sociales.

Esas luchas colectivas, comunitarias, sororas, que miran a distintos lados para combatir una realidad conflictiva, encuentran espacios para la tristeza, la decepción y el enojo y también crean redes profundas y personales, como los problemas que atentan contra la sociedad.

Realizan acciones cotidianas para cambiar el consciente colectivo y que cada vez dé menos miedo hablar abiertamente de sexualidad con “las mayores”, denunciar abusos, proponer nuevas visiones y poner en el futuro la posibilidad de un mundo en el que nadie tenga que morir por sufrir abuso o por forzar un aborto con un gancho, por la noche y sola.

En un continente donde las revoluciones han marcado la historia, también así se escribe la “nueva normalidad”, una que no tenga miedo a las decisiones personales y en las que los cambios son verdaderamente posibles.