Por Eduardo Buendía

Durante su participación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el presidente Andrés Manuel López Obrador inició su discurso mencionando: “No vengo a hablar de seguridad como sinónimo de poderío militar ni como argumento para el empleo de la fuerza contra nadie”.

Su dicho sorprende mucho porque ese no debe ser el propósito de ninguna estrategia en el mundo para conseguir la paz, es más, debe estar totalmente borrado de cualquier parlamento.

Sin embargo, parece que el mandatario no ha reflexionado sobre las acciones emprendidas por su gobierno que han dotado de mucho poder a las Fuerzas Armadas otorgándoles atribuciones que deben ser de carácter civil y que han encendido las alertas de diversos sectores preocupados porque tenían la esperanza de que las cosas realmente cambiarían.

Como muestra la creación de la Guardia Nacional -cuya promesa de que sería civil se desmoronó y resultó en todo lo contrario-, la decisión de que el nuevo aeropuerto de Santa Lucía sea operado y administrado por el Ejército, así como que los recursos resultantes del Tren Maya también sean para dicha institución.

El presidente de México se postró en el Consejo con muy malas calificaciones en materia de seguridad en su país. Al revisar las cifras, la administración del tabasqueño está reprobada. A unos días de que concluya la primera mitad de su mandato, la dolorosa línea de los 100 mil homicidios fue cruzada…Casi tres años sin una solución clara.

López Obrador considera que la corrupción es el origen de todos los males: de la pobreza, de la frustración, de la violencia, de la desigualdad, de la migración, de la opulencia de las élites, entre otros problemas sociales. ¿Entonces qué pasa en México? ¿Quiere decir que los malos resultados para contener la violencia corresponden a que su combate a la corrupción también es un fracaso?

El Estado mexicano cuenta con órganos que pueden prevenir y sancionar los actos corruptos, el más importante es la Fiscalía General de la República que por sus escándalos o persecuciones para resolver temas personales ponen a su titular Alejandro Gertz Manero en duda y a todo este andamiaje institucional para perseguir a los que mal obran.

Por supuesto que erradicar el fenómeno de la corrupción llevará años, mientras apreciamos una justicia focalizada en los adversarios políticos del grupo en el poder y no en los verdaderos responsables; seguiremos viendo a paseantes por hoteles caros en Europa que tienen la obligación de rendir cuentas en México, pero no se les toca “ni con el pétalo de una rosa”. 

Regresando al tema de la carencia de paz en el país, los programas sociales enfocados a jóvenes o a pequeños productores también llevarán mucho tiempo para que surtan efecto, más si el Gobierno federal no aclara la opacidad con la que distribuye estos recursos.

En conclusión, el presidente debe cuestionarse si lo que está haciendo con su estrategia de otorgar muchas atribuciones a soldados y marinos no es un “sinónimo de poderío militar”, o si al menos se acerca a eso.

Y, si la corrupción es el origen de todo lo que está mal, López Obrador debe de emprender con mucha más fuerza su campaña para extirparla. El reloj sigue su curso, en menos de un mes cumple tres años como representante del Poder Ejecutivo, las deudas no se han saldado: cientos de miles de víctimas y exfuncionarios sin ser llamados por la justicia.