Por Patricia San Juan

El tema de la migración no es nuevo, mucho menos para México. Somos un país en el que muchas familias tienen a alguien que es o fue migrante. Quien trabajó de forma ardua para llegar al extranjero y después se esforzó por que su dinero pudiera ser aprovechado por él o ella, así como por su familia que se encuentra en su país.

Toda América Latina es un continente de migrantes, no sólo que van a Estados Unidos, los hay aquellos que se van a Europa, los que buscan oportunidades en Asia, así como los que migran a países cercanos, como México, Argentina, Colombia o Chile.

Las personas migrantes, con documentos o sin ellos, salen de su nación a buscar una mejor oportunidad, ya sea educativa o de trabajo, pero en general esperan incrementar su calidad de vida, cumplir sus sueños, sentirse protegidos.

Con los años las remesas han significado el orgullo de algunos países, pues crecen los ingresos para la nación de origen, como es el caso de México, pero también la sola idea de la migración representa un tema negativo para los gobiernos, es decir: que bueno que se van y mandan dinero, pero que nadie entre y “quite trabajos”.

Lo cierto es que ningún migrante le quita ningún trabajo a los locales. En algunos casos realizan labores con pagos escasos, como los trabajadores del campo en Estados Unidos, que se dedican a la pizca de algodón, un proceso complejo, o de fresas, que requiere lastimarse la espalda y estar horas bajo el sol.

O en otros casos son científicos, maestras, doctoras, enfermeros, ingenieras, laboratoristas o cientos de otras profesiones para las cuales se han preparado, ya sea en sus naciones o una vez llegados al destino. En todos estos trabajos, tanto en trabajos intelectuales como físicos, se ganaron su puesto y en muchas ocasiones merecen más de lo que se les paga.

Las autoridades, por su parte, se comportan de maneras hirientes contra quienes entran a su país. Las caravanas de migrantes son vapuleadas por miembros del ejército en Guatemala, por la Guardia Nacional y el Instituto Nacional de Migración en México.

En Estados Unidos las patrullas fronterizas los humillan, los miembros de ICE han detenido a estudiantes el día de su graduación y en los centros destinados a migrantes los insultan mientras pasan largos procesos esperando un documento que los acredite para estar con sus familias.

Pero los ejemplos no se quedan en América. En África hay al menos 5.4 millones de personas refugiadas y desplazadas internas, parte de ellas en espacios destinados exclusivamente a migrantes.

Para cruzar de África a Europa es común el uso de la ruta del mar Mediterráneo con embarcaciones pequeñas. Sólo en 2020 un total de 256 personas murieron en este trayecto, de acuerdo con los datos de la Organización Internacional para las Migraciones.

Mientras en Asia la población rohingya se encuentra en el campo de refugiados más grande del mundo, en Bangladesh, donde viven aproximadamente un millón de personas que fueron obligadas a salir de Myanmar por las persecuciones con motivos religiosos.

La lista no termina ahí, por supuesto, pero son pequeñas muestras de que la humanidad se mantiene en movimiento y, en lo que respecta a los malos tratos y las violaciones a los derechos humanos, las personas que se desplazan tienen que ser respetadas, protegidas, escuchadas y valoradas en todo el planeta.

En los casos de discriminación no existen medias tintas. Las personas que discriminan no lo hacen sólo un poco o sólo a veces porque se trata de un problema personal sobre cómo perciben y aceptan a “los otros”, nada nunca justificará dañar a otra persona. Debemos erradicar la xenofobia, el racismo y el clasismo para tener una sociedad que vele por todos los seres humanos y sea igualitaria.

-El título es parte de la canción Movimiento de Jorge Drexler