Por Salvador Vega

Tan solo en este año cinco periodistas han sido asesinados. Dos de ellos el mes pasado; el más reciente, el día de ayer.

Son 44 reporteros, comunicadores, locutores o profesionales de los medios los que han perdido la vida en este país, desde el año 2018, por el ejercicio de su labor.

Así lo informó la Secretaría de Gobernación el pasado 12 de julio, pero omitió mencionar que la mayoría de esoshomicidios se mantienen, hasta el día de hoy, en completa impunidad.

Pienso en los amigos.

Pienso en los maestros.

Pienso en los colegas de múltiples medios, locales o nacionales, que a diario se levantan con una mezcla de entusiasmo e incertidumbre para generar las noticias del día a día.

Me atrevo a decir que el miedo a la muerte es uno de los últimos temores que llevan en sus mentes, porque de otro modo les sería imposible ejercer su profesión.

Pienso en sus familias.

Aquellas que saben perfectamente que México es uno de los cinco países más violentos para ejercer el periodismo alrededor del mundo.

Un país en donde la prensa se enfrenta a crisis administrativas, salarios decadentes, horarios excesivos y falta de estímulos para el desarrollo de los profesionales de la información.

Fotógrafos, camarógrafos, editores y redactores; reporteros de a pie y jefes de información.

Todos ellos enfrentando retos permanentes que se mezclan con las tendencias de los gobiernos en turno. Siendo el ataque directo, la descalificación o la exhibición sin pruebas el estilo que decidió adoptar la Cuarta Transformación.

Eso en lo público. Porque en lo privado, el espionaje: el uso de recursos del Estado y herramientas como el software Pegasus para acceder a los teléfonos e información de periodistas mexicanos que resultan incómodos.

El uso de la policía para intimidar, romper equipo y detener arbitrariamente a periodistas locales.

Pienso en todo eso.

Porque cuando matan a un periodista –o a tantos–, es cierto que queda al descubierto la incapacidad del gobierno para garantizar el derecho fundamental a la libertad de expresión.

Matan periodistas y los amenazan todos los días. Pero la información sigue fluyendo.

Porque entre ellos se sigue incubando la dignidad, las estrategias de protección y la comunicación. La solidaridad existe y es el alimento para no rendir las plumas, los lentes, los dedos y los intelectos.

La rabia de las realidad contra la fuerza de las palabras.

Cuando matan a un periodista, el golpe va para la democracia.