Por Salvador Vega

Quisiera arrancar esta reflexión sobre el rumbo del Movimiento Ciudadano con un reconocimiento para el virtual gobernador de Nuevo León, Samuel García. Personaje que a menos de 48 horas de la elección lanzó un nuevo comentario, de esos que se quedan incrustados en los anales del clasismo de nuestro país.

“Morena ganó 11 estados, sin embargo, si uno mide la población o el nivel de importancia socioeconómica, Nuevo León es mucho muy relevante, quizá más que 4 o 5 estados que ganó Morena”.  La frase dicha por el joven emecista esta mañana en el espacio de Carmen Aristegui vino a actualizar su polémico comentario de 2015 en el mismo tono; eco de una frase popular entre las acaudaladas esferas de San Pedro Garza García que indica: “En México en el norte trabajamos, en el centro administran y en el sur descansan”.

Dicho lo anterior –y con la promesa de que volveremos con Samuel y su inquietante mentalidad más adelante– comenzaremos a abordar la realidad de su partido.

Porque si hubo una organización que se vio beneficiada en las elecciones intermedias de este país, fue precisamente el Movimiento Ciudadano.

Bajo la promesa de convertirse en la tercera vía para el ejercicio de los derechos políticos de los mexicanos, el MC construyó una campaña lo suficientemente plural y de apariencia fresca. Un esfuerzo que logró, en términos generales, romper la inercia de la polarización sostenida entre Morena y la alianza Va por México en la mayor parte del territorio nacional.

Con los conteos aún en proceso y la oficialización de resultados a semanas de distancia, el coordinador nacional de este partido, Clemente Castañeda, adelantó que fueron 3 millones 300 mil los votos para su partido los que están proyectados hasta el momento. Un crecimiento de poco más de un millón de votantes de acuerdo con su estimación.

Pero las elecciones no sólo se resumen en números, sino se analizan a la luz de los discursos. Sobre todo en los relatos que no tienen fecha de caducidad.

Y es que, a pesar de que la alianza PAN, PRI y PRD logró resultados a su manera, el eje de su esfuerzo fue contrarrestar la influencia de la Cuarta Transformación. Un antagonismo que les valió gastar sus últimas fichas de congruencia y que al mismo tiempo los colocó, desde el momento de tomar la decisión de la coalición, en un terreno ideológico difícil de labrar para la próxima década –porque aunque el ruido de la pugna les impida verlo o reconocerlo, va a existir democracia, política y país después de López Obrador.

¿Cuál fue la diferencia?

Pues que a la par de esta estrategia, la del movimiento naranja se enfocó en la promoción de políticas públicas que descansaron sobre una agenda progresista. Con conceptos como “alternativa” y “tercera vía” replicados en los distintos rincones de México. En la capital, la mayor parte de los aspirantes a la diputación local y alcaldías fueron mujeres jóvenes. Candidatas que actuaron en bloque y promovieron causas que son congruentes con las luchas encabezadas por algunas de las personalidades más importantes de su partido.

Hay que mencionar que el Movimiento Ciudadano no estuvo exento de la cifra roja durante esta jornada, siendo el asesinato del candidato veracruzano René Tova, en plena víspera de la elección, uno de los 100 casos contabilizados de violencia política por la consultora Etellekt durante este proceso.

Contrastes, pluralidad, tragedias lamentables y victorias importantísimas forman parte de los resultados de este proyecto el pasado 6 de junio.

Sin embargo, no todo es felicidad.

Existe un importante sector de este partido que se quedó con ganas de sumarse a la alianza más importante de estas elecciones. Un sector desapegado de las causas ciudadanas y cuya influencia se manifiesta en figuras centrales que acaparan el poder.

Es el otro MC. No sólo el que encabeza Samuel García con su estrecha visión de la realidad de nuestro país y su pobre visión de políticas públicas enfocadas en el proyecto de un nuevo pacto fiscal. También está el MC que se entiende a partir de la omisión y las fallas sistemáticas del gobierno de Enrique Alfaro.

Para principios de abril de este año, la Comisión Nacional de Búsqueda reportó 12 mil 831 casos de desaparición forzada en el estado de Jalisco. Entidad que concentra el 14 por ciento de este fenómeno en toda la República. El incremento de la actividad delictiva es una realidad en la administración de Alfaro Ramírez, mandatario que más allá de reconocer –y sobre todo, atender con urgencia– estas problemáticas, enfoca su discurso en presumir los avances de su entidad como una región de vanguardia.

Por supuesto, tanto en los partidos políticos como en cualquier organización, es la suma de los esfuerzos colectivos y no las acciones de ciertos individuos las que definen los rumbos. Pero son también la capacidad de autocrítica, la escucha activa y el apego a principios estatutarios los que garantizan la continuidad y el buen crecimiento de las alternativas en democracia.

Teniendo esto en mente y en plena resaca electoral, el ejercicio de Movimiento Ciudadano será el de afianzar su relato con acciones concretas desde el Legislativo. Reflejar que, en efecto, aún existen vías congruentes en nuestro sistema político. Los caminos de figuras como Patricia Mercado o Martha Tagle, mujeres cuyo trabajo e interlocución con organizaciones de la sociedad civil han sido permanentes.

La otra ruta: la de fortalecer a los alfaros y samueles del partido. Personajes a quienes les urge romper la esfera de poder para comprender realmente los fenómenos de desigualdad de México y así contribuir de manera efectiva en lugar de restarle confianza al proyecto.

Sólo el tiempo y esta clase de acciones dirán si la naranja se mantiene fresca o se pudre antes de la próxima contienda.