Por Salvador Vega

En un país como el nuestro, acostumbrado al dolor, la injusticia y la muerte, los actos de solidaridad juegan un papel esencial en la reconfiguración de la esperanza de la gente.

Por más adverso que resulte el panorama, detrás de cada una de las tragedias que aquejan a esta nación –tantas como piedras que lapidan a diario el corazón–, existen personas que nos enseñan a transformarlo todo.

Madres que buscan a sus hijos a diario entre la tierra y los escombros.

Mujeres que defienden sus derechos frente a un Estado indolente.

Obreros que no bajan los brazos ante la incertidumbre que trajo consigo la pandemia.

Vecinos que con sus manos levantan los restos de una infraestructura que recién colapsó.

En este México de tragedias al por mayor, son las acciones colectivas las que incentivan las auténticas transformaciones de la vida pública del país.

Organización, redes de comunicación y el trabajo de la sociedad civil que contrastan con las declaraciones oficiales o las aparentes buenas intenciones del político en turno.

Es en los instantes de tragedia y de dolor; es ante los estragos de la corrupción o las heridas abiertas de la impunidad en nuestro sistema judicial, que las personas de este país muestran los auténticos caminos para la reconstrucción.

El luto, cuyo silencio acompaña en solidaridad a las víctimas de esta nación, es uno de ellos. Es un espacio en el que se silencia la estridencia de las opiniones cruzadas y la polarización.

El luto es una expresión humana muy poderosa, pues además de arrastrar consigo la humildad de reconocernos vulnerables, es generadora de empatía. Nos coloca a todos en la misma realidad; establece a partir de la catástrofe un piso parejo desde donde tenemos que partir todos.

Por otro lado, la memoria es otro de los valores que se derivan de los momentos de gran angustia. Recordar y denunciar; documentar para responsabilizar. Memoria para reparar los daños que la negligencia o los errores nos cuestan a millones de mexicanos.

Desde mi percepción, la memoria y el luto son los únicos recursos disponibles para reconstruir y reconciliar a una nación. Son herramientas que nos sirven para comprender el contexto, y al mismo tiempo son indispensables para construir nuevos diálogos y consensos.

El poeta chiapaneco Jaime Sabines escribió alguna vez –sobre la indolencia del gobierno en el año 68– que tenemos Secretarios de Estado “capaces de transformar la mierda en esencias aromáticas”. Una frase que más de 50 años después se mantiene como una gran verdad.

No obstante, aunque esa sea nuestra realidad, también tenemos una sociedad civil compuesta de personas organizadas, capaces gracias a una alquimia superior de transformar el dolor y la muerte en una incesante lucha por la justicia y dignidad.