#Opinión: Covid-19, la película del año. Un estreno mundial - ONEA

Por Martha Zamarripa


Soy fanática del cine. Pero rehuyo las películas trágicas, dramáticas, violentas, porno, de ficción o terror. El mundo es tan complicado como para ir a ver dramas también en una pantalla cinematográfica cuando lo vemos a diario en la vida real.

Así que mi cinéfilo universo es limitado: me fascina la comedia (muy difícil de encontrar buena) las películas románticas creíbles, las biográficas, algunas históricas, alguna que otra de acción y las que tienen un poco de todo.

Es definitivo. No me gusta ir a sufrir al cine. Sino a disfrutarlo. Pero a veces, cuando pasan semanas sin que nada que valga la pena haya estado en cartelera, puedo sucumbir con el de ficción. Toda esa fantasía que se asume que nunca va a pasar más que ahí, en el cine.

Entes que invaden la tierra, criaturas perversas con inmenso poder sobre el género humano, figuras malignas que nos van a acabar. La última que recuerdo «A ciegas» con Sandra Bullock, fui porque salía ella, el típico thriller que nos tendrá dos horas angustiados para ver si los buenos escapan de los malos. El guión es trillado aún cuando esté ahí una de las actrices que me gustan.

O como Julia Roberts (antes de que fuera una versión de «Los caballeros las prefieren rubias») Meg Ryan (hasta que desapareció el ángel que le arrebataron tantas cirugías) y la misma Sandra Bullock, un poco cambiada, no encuentro cinta suya que equivalga a las mejores comedias que protagonizó. En otra esfera Meryl Streep, Helen Mirren y Diane Keaton. Cómo me fascina Audrey Hepburn. También me gusta Marilyn Monroe.

Me he quedado básicamente con la canadiense Rachel Mc Adams que está genial en «Diario de una Pasión» (un poco de todo) y la ligera pero disfrutable «Un despertar glorioso». Luego sabe ella hacer la transición al cine llamado serio, con la mejor película del año «Spotlight» (2015) – en español titulada: «En Primera Plana» – la investigación del «Boston Globe» sobre pederastia clerical, y que le arrebató uno de los dos principales galardones de los premios Oscar a «El renacido» de González Iñárritu.

Pero las amenazas al mundo, en el cine las hemos visto demasiado – hasta quiénes no las hemos visto demasiado – porque les huimos.

De pronto parecería que ahora mismo todos somos los actores de la película «Covid-19» o «La Pandemia» o «El coronavirus». Sin pedirnos permiso, los enemigos de la tierra llamados no extraterrestres sino «Covid-19» nos han invadido de forma perversa y cruel. Empezó por matar primero al médico chino que lo descubrió.

Se ha metido el coronavirus a nuestro sistema inmunológico para ponernos a prueba. El mal está en la tierra. Nos ha invadido. No hay antídoto. A nuestros ojos es invisible. No así sus consecuencias. Se multiplica sin que haya nada que pueda detenerlo.

Viaja a una velocidad nunca antes vista: desde China hasta la Patagonia. Es mal universal, no respeta fronteras, ideologías ni clases sociales o económicas. Ataca por igual a ricos y pobres. A ateos o religiosos. A blancos o a amarillos. A países desarrollados que a subdesarrollados.

No sólo invadió nuestro sistema inmunológico sino nuestro cuerpo, nuestro espíritu, nuestra fortaleza, nuestra mente, nuestra amada cotidianidad, nuestras rutinas, nuestra tranquilidad y hasta nuestra libertad. Nuestras casas son la nueva prisión domiciliaria.

Una salida obligada me hace recorrer calles vacías. Sin saberlo, sin quererlo, sin buscarlo, comprendo que la mejor película de ciencia ficción la estamos viviendo en tiempo real y en la vida, somos nosotros los actores. Ah, eso sí. No hay protagónicos o estelares entre los humanos. El virus es la estrella. El resto – los terrícolas – son actores secundarios. Las películas de enemigos invisibles contra la humanidad, con la hasta hoy peor amenaza cumplida, la estamos actuando en carne propia sin saber cómo va a terminar.

Con una visión pesimista, este coronavirus podría ser el anuncio de que desde ahora y en los años que estén por venir, el mundo debería saber que podrán llegar otros nuevos virus para los que tampoco habrá vacuna y tendrá a nuestro pequeño universo – el organismo en vilo – hasta que podamos ser inoculados.

La tierra librará no guerras nucleares ni guerras bacteriológicas sino guerras «virulógicas» – término que al no existir acabo de inventar – y saber eso es aterrador.

Es la respuesta perversa de la globalización que tanto ha sido elogiada. Ésa que nos conectaba con cualquier rincón del mundo en el instante del deseo. Esta aldea global que eliminaba las distancias se ha vuelto en nuestra contra y nos tiene pasmados, asustados, literalmente arrinconados.

Pobre mundo global que ingenuamente estableció fronteras sin tener idea que contra el mal – sea cualquiera el virus – nada puede hacer. El mundo ya no podrá tener certeza alguna en materia de nuevos enemigos. Saber (angustiados) que mientras llegue la esperada vacuna, el 70% podría tener anidado el virus y convivir con él como peligroso enemigo del que quizá no habrá manera de huir.

¿Qué nos queda? Obedecer. Así de simple. Acatar las medidas sanitarias que han impuesto las autoridades de Salud de cada país. Que son la mismas. Guardarnos en una auto aceptada prisión domiciliaria.

Quizá la fortuna nuestra es que en México – además de llegarle el virus al final – tenemos sol y ése ayuda a fortalecer el sistema inmunológico lo que podría evitar al covid-19, perturbarnos. Y abrazar la esperanza. Las cosas han cambiado tanto que hoy los seres humanos actuamos en tiempo real, se ha estrenado mundialmente una película de la que aún no conocemos cuál será el final.

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