La caída del PRI - ONEA

ONEA México. 20 de junio de 2019. El PRI regresó luego de 12 años de estar en la banca. Enrique Peña Nieto era la promesa del “Nuevo PRI”, un partido renovado, reformista, con propuestas no solo de cambio, sino de arrojar al país a la élite de las naciones primermundistas que dirigen al mundo.

Peña era el candidato atractivo y joven que iba a mover a México con reformas que nos llevarían a la transición de pobreza a economía de primer nivel.

Pero lo único que logró este priista fue bajar de nuevo el escalón que le costó subir 12 años, en lo que el PAN se encargaba de destrozar al país con su política de militarización que nos hizo sangrar.

La promesa de un partido nuevo que nos dirigiría a la cima empezó a diluirse por una oleada masiva de corrupción nunca antes vista.

Los gobernadores priistas saqueaban las arcas estatales sin control ni castigo, con la protección del gobierno federal.

En su toma de protesta como presidente de México, Peña Nieto se tomó una foto en Palacio Nacional con 19 gobernadores, la mayoría priistas. Lo irónico aquí es que gran parte de ellos apostaron, apoyaron e invirtieron en su campaña desde 2010. De aquellos 19 mandatarios estatales, 11 enfrentaron cargos por peculado, lavado de dinero o desvío de fondos, están prófugos o han ganado amparos para protegerse.

El panorama de esa “nueva generación” de priistas incluye a Javier Duarte de Veracruz, Roberto Borge de Quintana Roo, César Duarte de Chihuahua, Rubén Moreira de Coahuila, Fausto Vallejo de Michoacán, Rodrigo Medina Mora de Nuevo León, Andrés Granier de Tabasco, Roberto Sandoval de Nayarit, Mario Anguiano de Colima, Egidio Torre Cantú de Tamaulipas, José de Jesús Reyna, también de Michoacán y Eruviel Ávila del Estado de México.

Con Peña se dio el auge, pero también la caída de estos “virreyes” formados desde el zedillismo que se ampararon por el grupo político más fuerte, con mayor volumen de recursos y operadores electorales en el país: el Grupo Atlacomulco, del que era o es parte el mismo Enrique Peña Nieto.

El caso que marcó la administración priista fue la “Casa Blanca”, cuando en noviembre de 2014, una investigación periodística reveló que la exprimera dama, Angélica Rivera, había comprado una casa de 7 millones de dólares en una exclusiva zona residencial de la capital mexicana.

Luego se sumó a la impunidad “La Estafa Maestra”, que involucró la permisividad de Peña y el nulo castigo a quienes cometieron uno de los más grandes fraudes de la historia de México. Una investigación reveló que entre 2013 y 2014, al menos 11 dependencias habrían desviado dinero público a través de 186 empresas a las que se otorgaron contratos irregulares; de estas, 128 son o eran empresas “fantasma”, y el fraude llegaría a los 192 millones de dólares.

El mayor logro de todos estos priistas con Peña a la cabeza fue la estruendosa caída de su estirpe en la jornada electoral del 2018 cuando se encumbró la nueva primera fuerza política del país, Morena, mientras el tricolor veía su hundimiento.

Pero el PRI es víctima de sus propias decisiones, no hay más culpables de su derrumbe más que ellos mismos.

En 2018, este partido perdió a causa del abuso de su poder que comprendió la destrucción de un país de por sí en ruinas. Los mexicanos conocemos a estos militantes como los hombres y las mujeres que han idolatrado más a la supremacía que a su propia ideología.

Más escándalos.

En 2015, mientras Peña Nieto estaba de viaje en Francia, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, líder del cártel de Sinaloa, se fugó del penal de máxima seguridad de El Altiplano, en el Estado de México, lo que le valió a México críticas por parte de todo el mundo por no garantizar la seguridad de las cárceles.

Luego, el 3 de febrero de 2016, llegó al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México el nuevo avión presidencial “José María Morelos y Pavón”, un Boeing 787-8 Dreamliner considerado el más caro entre los mandatarios del mundo. De acuerdo al contrato, el costo final de la aeronave fue de 7,520 millones de dólares, sin contar los 945 millones 599 mil 450 pesos para obras de ampliación y modernización del hangar presidencial en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Otro sello del sexenio tricolor fue sin duda alguna la escalada de violencia aunada al desinterés de las autoridades. Durante este período, uno de los eventos más trágicos fue la desaparición de 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa, un caso al que nunca se le dio resolución.

Después vino Tlatlaya, donde un grupo de soldados de la Sedena quitaron la vida de 21 hombres y una menor de edad en la comunidad rural de San Pedro Limón, en el Estado de México.

Asimismo, mientras la revista Time celebraba a EPN con una portada con el lema “Saving México”, las reformas estructurales entregaban malos resultados: magro crecimiento económico, mínima creación de empleo y altos niveles de violencia y corrupción.

Todo este flujo de inseguridad y baches económicos provocaron que el PRI excavara su tumba en la jornada electoral del 2018. Finalmente, sus prácticas de corrupción y la protección a delincuentes les costó un precio muy caro.

En semanas anteriores, este partido había informado al Instituto Nacional Electoral que contaba con un padrón de seis millones 545 mil 923 militantes; sin embargo, el pasado lunes 13 de mayo indicó que solamente tiene un millón 159 mil 320.

Ahora, el exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), José Narro Robles, dejó la contienda electoral para dirigir el Partido Revolucionario Institucional y además renunció a este instituto político, al cual estuvo afiliado durante más de 46 años. De igual modo, Beatriz Pagés dio a conocer más tarde su dimisión.

El PRI, que ha vivido de la impunidad, está cayendo. Las sospechas y acusaciones de robo, malversación o desfalco han sepultado al partido.

En julio de 2016, cuando se formalizó el lanzamiento del Sistema Nacional Anticorrupción, el presidente Enrique Peña Nieto dijo: “Estoy seguro de que en México habrá un antes y un después”, y sí, para el PRI, el paso de Peña fue un parteaguas, primero renaciendo como una fuerza progresista, para después convertirse en el ejemplo perfecto de lo que es la decadencia.

Los mexicanos tienen un mensaje bien claro: no más PRI.

 

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