#Columna: El movimiento #MeToo como un efecto de la era feminista que está revolucionando al mundo - ONEA

Por Esperanza Negrete

El feminismo nació de las entrañas de una necesidad de validar a las mujeres y escalar en la cuesta que se nos ha puesto de manera forzada en una batalla que nunca debió existir.

En la era de la Internet, donde todo es público y circula globalmente, la lucha feminista tenía que llegar a este punto culminante y sin más, avanzar.

Pero esta guerra no ha sido limpia y las víctimas fuimos de nuevo las mujeres, atacadas por depredadores sexuales que se han dedicado a hostigarnos y perseguirnos sin entender que somos seres humanos libres con decisiones y cuerpos propios, y que no le pertenecemos a nadie.

Una lucha interminable que hemos sufrido desde niñas, en la escuela, en el trabajo y hasta en nuestras propias casas a manos de desconocidos, amigos y hasta familiares cercanos.

El problema en nuestro país es un monstruo tan colosal que es imposible seguir acallándolo y ha despertado una indignación en todos los sectores, y se han levantado todas las voces.

Las redes sociales han sido nuestras aliadas en esta denuncia masiva, nos han ayudado a desahogarnos, a hacernos visibles y a evidenciar a hombres de todos los niveles que no han sido capaces de contenerse, sin embargo, nos falta mucho para seguir avanzando porque la brecha es ancha y los problemas colaterales son muchos y significativos:

En México, la violencia de género es una epidemia, no hay una entidad donde haya un progreso real de esta problemática hasta el momento.

Según Excelsior, en enero pasado, al Ministerio Público llegaron mil 177 casos de víctimas de violación, y las entidades con el mayor número de denuncias fueron el Estado de México, Nuevo León, Baja California y Tamaulipas.

De acuerdo con Human Rights Watch, “en julio del año pasado, el Comité de la ONU para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer instó a México a adoptar medidas para combatir la discriminación de la mujer —incluso en el lugar de trabajo— y prevenir la violencia de género y la trata de mujeres y niñas”.

El número de denuncias, empero, se queda corto a la realidad machista de nuestro país, la decisión de hacerlo por la vía legal es complicada y puede verse visiblemente afectada por el miedo a las represalias y por la falta de recursos, sobre todo si hay una relación directa con el agresor.

No obstante, las denuncias no son ninguna garantía de seguridad ni de estar a salvo, el sistema de justicia penal de México aún necesita avanzar mucho para protegernos.

Las mujeres que tienen el valor de pararse en un Ministerio Público mexicano y denunciar acoso, violencia de género o una violación, deben pasar por una nueva tortura que parece interminable a manos de quienes trabajan ahí.

La asistencia es pobre y cuestionable, y puede llegar a ser humillante y denigrante con preguntas como, ¿qué ropa usabas? ¿Estabas bajo los efectos del alcohol o alguna droga? ¿Lo provocaste? ¿Es tu pareja? Preguntas que buscan una respuesta de culpa para justificar estos aberrantes actos. No es suficiente pasar por un episodio traumático, sino que encima las mismas autoridades te desalientan y juzgan.

Por eso nació el movimiento, el #MeToo se originó a partir de la precariedad de la justicia mexicana que no previene, no defiende ni resguarda.

La oleada del #MeToo no discriminó clases sociales y se hicieron denuncias, sí desde el anonimato, pero también con nombre y bien detalladas contra hombres poderosos como escritores, periodistas, músicos, abogados, maestros, directivos y hasta políticos, pero la impunidad ha cobijado a nuestro país y pocos han sido castigados por sus actos.

En México, la justicia se compra.

Es por eso que las denuncias anónimas se viralizaron como una forma de transparentar lo que sucede en todos los ámbitos. La violencia no es exclusiva de las zonas marginadas y de los no estudiados, se distribuye por todo el país, también a manos de ricos y eruditos.

“Hay gran deuda de las instituciones académicas y laborales, sobre reconocer que estas violencias existen en los distintos espacios en los que las mujeres estamos y que no hay mecanismos de protección, ni códigos de ética para resarcir el daño. ¿Por qué cuestionamos las denuncias anónimas y no la falta de mecanismos que obligan a las mujeres a denunciar de esta manera?”, dice Patricia Ramírez, colaboradora de Vice.

Esta violencia es un tipo de segregación hacia el sector femenino que las autoridades deben frenar de manera prioritaria, pero mientras, el movimiento #MeToo debe comprenderse como una medida para apoyar a las sobrevivientes de violencia sexual, empoderándolas a través de la empatía y la acción comunitaria, dando voz a las víctimas y alentando a denunciar, porque aunque pudiera parecer radical, más bien ha venido a reivindicar a las mujeres mexicanas que, desgraciadamente, hemos sufrido este tipo de violencia.

 

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